¿Veis el enano con cresta naranja del fondo?, que no os engañe verle tranquilo con una cerveza junto al fuego… Es un matador enano y tiene mucha historia por contar…

el Tabernero

Hola de nuevo, un placer teneros por esta humilde taberna. Hoy estrenamos un tipo nuevo de contenido, que los miembros del club vienen generando desde hace tiempo. Como sabéis, nos encanta disfrutar de El viejo mundo en todas sus formas y una de ellas es escribiendo trasfondo antes de cada batalla narrando el contexto del conflicto previo. En base a ello, algunos miembros disfrutan escribiendo relatos cortos de trasfondo, como es el caso de nuestro compañero Vorasekia.

También redactamos el trasfondo de nuestras bandas de Mordheim (que pronto comenzaremos a publicar también), con como se formaron y las catastróficas desdichas que les suceden fuera del tablero… 😉

En cualquier caso, tenemos el honor de inaugurar la sección con uno de las criaturas más carismáticas de El viejo mundo, un enano matador.

LA MUERTE TENÍA UN PRECIO Relato corto escrito por Vorasekia

Otro recodo del camino se abría ante Helmut. Otra escarpada cumbre que se alzaba hasta el infinito dentro de vientos helados y cortantes. 

En el sanatorio de donde había escapado, las sacerdotisas de Shallya no lograban entender cómo el maltrecho arcabucero de la guardia del señor templario Segismundo había llegado a sus puertas. El uniforme estaba hecho añicos y lleno de mugre y sangre, y el veterano soldado solo era capaz de articular la frase: siempre cobran sus deudas, siempre las cobran…

Todo empezó con la reforma del castillo del señor Segismundo, cerca de los dominios de la reina Helgar Trenzaslargas.

Desde tiempos inmemorables los enanos y los humanos habían colaborado y coexistido de manera pacífica.

Maestros armeros y orfebres dawi enseñaban su buen hacer a las gentes de un joven imperio, siendo estos correspondidos con ayudas en el comercio y remuneraciones generosas. El asentamiento humano había crecido, y el señor templario que tenía la jurisdicción del territorio quiso fortificar las posiciones imperiales. Para ello, pidió ayuda a los mejores.

Los enanos del clan Bronn eran los más reputados constructores de la parte oeste del imperio, y efectivamente, realizaron un trabajo admirable en favor de los humanos, enseñando técnicas inimaginables en ese momento para los albañiles y canteros a la orden de Segismundo. Gran parte del clan, en un gesto de buena voluntad se había volcado en la construcción del baluarte, consiguiendo un resultado excepcional, con la solidez de una montaña, en tiempos inverosímiles.

Pero la codicia lo puede todo, y el general imperial faltó a la palabra acordada, queriendo pagar la mitad del precio estipulado, ya que había visto que después de todo, tampoco había supuesto un gran esfuerzo para los enanos esa construcción. 

La soberana enana mandó entonces un emisario para solucionar el asunto de manera justa. El asentamiento imperial debería pagar una compensación económica por la afrenta y un tonel de Bugman XXX por cada maestro constructor enano implicado. El señor templario lo vio como una petición desorbitada, y echando a patadas al emisario, dio por zanjado el asunto

Craso error. La noticia fue recibida como un tremendo agravio en el clan Bronn, y los constructores, sintiéndose ultrajados y estafados, raparon sus cabezas jurando por Grimnir que vengarían esa afrenta. La reina, viendo sufrir a su pueblo, llamó a su guardia personal y decidió acompañar al clan a la batalla aprovechando los túneles mineros que llegaban hasta el asentamiento enemigo.

Y así empezó todo. Los humanos, convencidos de su superioridad balística respecto al clan enano salieron al paso de los guerreros dawi pensando encontrar escudos y cotas de malla enfrente. Pero una gran sorpresa se llevaron, al ver a centenares y centenares de crestas anaranjadas correr hacia ellos entre gritos y juramentos de venganza. 

Todo lo que vino después fue muy rápido. Helmut contempló con estupor como toda su compañía se había convertido en un amasijo de vísceras bajo los filos de las hachas y, incomprensiblemente, él había salido ileso. Contempló también, como perdida toda esperanza, había cargado su arcabuz y había matado a bocajarro a un matatrolls sin obtener respuesta de estos, pasando de largo. El objetivo de los enanos era uno. Acabar con quien había provocado la afrenta. Redimir el honor del Clan.

Lo último que recordaba Helmut era al señor templario Segismundo, pidiendo perdón de rodillas llorando desconsoladamente, mientras bajo la atenta mirada de la reina Helgar, un miembro de la Hermandad de Grimnir descargaba su hacha para partir de un tajo el cráneo del rácano general. 

Ahora, dentro de una especie de trance, caminaba sin saber por qué entre las montañas para rendir homenaje, para postrarse humildemente ante a estatua de Grimnir y pedir perdón. Ahora estaba llegando a Karak Kadrin, morada de los matadores y del verdadero honor. El honor enano.

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¡Nos vemos por el viejo mundo, no dejéis de pasar por esta humilde taberna en busca de cerveza fría y buenas historias!

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